viernes, 11 de mayo de 2007

Inercia


Vamos a romper en agua los cristales,
la desnudez del verbo
que nos muerde las gotas,
en el sudor horizontal, su etérea vacuola,
diluvio yermo que mis ojos no lloran.

No se escucha, y nadie calla ahora
la fricción de las voces,
ni la inversión de las lenguas
al anticiclón que nos perfora el tímpano
mientras aclara;
y ya no hay más que latitud infinita
entre dos manos y un cuerpo,
y las hojas que caen
y los perros
que imploran.


(...)


Ninfas…

Porque yo sueño trópicos naranjas
en la intimidad de las voces
que nos despiertan
al paisaje cúbico de dos paredes
y un cielo,
tubular escala de marasmos
celestes, cirrus dormidos
que nos bañan tan hondo.

Y no se escucha,
porque ha nacido aquí un exilio
de partículas doradas y sonoras,
entre las fauces lubricas del tornado,
mudo cincel que nos acalla los dedos
como nudillo atroz de nubecitas insomnes,
o de ángeles sacros que nos refugian los huesos
al resonar catártico de un pecho
ya muerto.



(...)


Silencio…

Porque no cambia el fondo, ni las rosas,
ni las luces ni el agua,
ni el núcleo acuoso
entre la alquimia diminuta
que revienta en soles de noche,
mediodía o madrugadas,
al ave antártica que gira y sangra
sobre el árbol desnuda,
de roca en río hasta la inercia
disgregada,
de los siglos por los siglos
de la nada.

1 comentario:

rubén dijo...

Joer, niña. Tu poesía es tan buena que avergüenza, mira en todas direcciones, como los ojos de un retrato al óleo.

Desde este, que enternece:

".. y ya no hay más que latitud infinita
entre dos manos y un cuerpo,
y las hojas que caen
y los perros
que imploran."

A este otro que fustiga:

".. de roca en río hasta la inercia
disgregada,
de los siglos por los siglos
de la nada."

A tus pies, Sidel. Tuyas son las musas.

Y mil besos.