jueves 20 de agosto de 2009

Génesis





I.


Pero ahí, donde tu olor anida bajo los cristales,
donde tu voz levita enmascarando el aire,
donde mis ojos juegan a expandir tu imagen
-Ahí, donde vivimos sin vivir, tan inmortales-

Ahí quiero tomarte hasta que mi sed naufrague
en barquitos de nostalgias
vueltas carne...


Porque a veces me canso
-me canso amor-
y nadie sabe,
que en la orilla de los pies me enreda un ángel
largos vientres de algodón para arrullarte,
o caparazones de bondad que lanzan hilos
que protegen tu rubor,
cuando eres sangre.


Entonces yo -mujer/serpiente-
en los jardines tisulares,

me deslizo en tus entrañas como un río;
como una lágrima de vena que palpita,
llorando roja al corazón
que se distrae.




II.

Porque ahí,
donde el incendio del reloj enciende risas,

donde la puerta del después engulle el antes,
donde la lluvia de la luz,
nos moja y cae…


-Ahí-

ahí quiero beberte hasta que mi piel se apague

en estrellitas de humedad -que alarguen besos-
o entre niñas con maldad -que nos desnuden-
hasta el frío de sentirnos
como a nadie…


sobre el rostro del delirio que atraviese
la pequeñez de un grito que corroe sobre el aire,
el hueso pálido de dulces manantiales
hasta el génesis polar
de un cielo amable.




A Sergio C.

martes 30 de junio de 2009

Cenizas




I.

Tú plantabas corazones de seda junto al tiempo
-Largas niñas lustrosas con cabellos de sal-

Y entonces venía el antes, con su memoria de agua
que gateaba en las mejillas como un beso.
Y la garra en los dedos, o la ceniza en los ojos,
terriblemente esperanzados en silencio.

O el verde de las aves, o el negro de los perros,
-volubles ninfas que adormecen el recuerdo-


II.
Y había entonces demasiada transparencia
que cegaba la inocencia en los espejos.
Porque tú lanzabas piedras como plumas de gaviota
que humedecen la conciencia y vuelan lejos.

Y entonces, era la hora de mojarse los sueños,
con gotitas de infancia lloviznando desnuda,
sobre el rubor translucido de un parque sin dueño.



III.
Pero extendías la mano, ahí,
sobre el lugar donde los párpados se secan,
y llegaba el can con su millón de sonrisas,
y sus palabras de pupilas siempre abiertas…

Y todo pasaba y explotaba de prisa,
-la sangre en el vaso/el agua en las venas-
Como el murmullo de lava, que emerge y se quema.


A... Chjo, con, con... =)

jueves 26 de febrero de 2009

Naranja



I.

Háblame con un vocablo intacto de raíces,
con un sonido tempestuoso de secretos,
con una espada transversal que rompa el sexo.

Y descendamos como caen los pecados,
desde las fábulas rosadas en los libros
de una niña con vestidos de aguijones,
que rompe nubes de carbón en los espejos.

Y háblame, así, de cómo lloran las muñecas
en la arena de los parques subterráneos.
Y cómo braman las marmotas en la roca,
y cómo mueren las gaviotas del cabello.

Y déjalas caer, cuando tú quieras,
sobre esta cueva en la pared
que anuncia el fuego.



II.

¿Ves?

Como se ondea tu espalda sobre el hielo,
como se alivia tu tendón de litorales…
cuando las vértebras te flotan en clavículas
hacia el crepúsculo incendiario de una nota,
que zurce pétalos de flor entre los senos.



III.

Detén con tu silencio el verbo de los pájaros.
Y en tu memoria aquella danza en la cortina,
o aquel aire entre la puerta con sus ojos,
o aquel ojo que atraviesa los dedales.

Y quédate, así, tan muerto, tan de-lirio,
plantado suave en mis fronteras homicidas
como un soldado trasgresor entre mis selvas,
que enreda nardos en la vulva de mis días.

Y deja al perro de mi infancia, junto al libro,
y pon sus labios dibujando caracolas,
que se enrosquen tan aéreas sobre el suelo
cuando rasgues en mis venas y lloremos.



IV.

¿Has visto cómo lloran los espejos?

Yo he aprendido a dibujarlos con serpientes
como esferas transversales e incorpóreas
que se escapan de las traqueas de Afrodita,
cuando marchan a las islas del reflejo.


Y no es locura, aMor, no son fantasmas.
Son tan sólo los estruendos de humedades
que rebalsan las murallas atomistas
del espasmo que contrae mi cordura,
en la fiebre tan estrecha de una brisa.



V.

Y hoy, que es casi mediodía de la noche
iluminada de tarántulas aéreas,
que son ácaros de dalia en las pestañas
de las lianas medulares y narcisas…

nos sentamos tan fluviales en la copa,
de aquel árbol de naranjas disfrazadas
con crisálidas de nombres que nos frotan…

bajo esas sombras de pared bajo las manos,
que tienen tacto de epicentros planetarios,
que tienen bocas de granito que resumen
el color -ácido roce- de unos labios.

sábado 8 de septiembre de 2007

Miméticos



I

Anteojos…


Porque yo me incrusto gotas en las manos

para guardar la sed que llueve al hombro,

cuando vos te adornás, de hojas la piel.


No sabemos ver detrás del muro.

Horizontal se cuela a nuestra espalda

el viento,

y trae peces, corales sedientos,

que nos siembran de mares la humedad

y la sien.


II

Yugular…


Recorre la linfa el espesor de la carne.

Abajo del cuello un habitante extraño:

-palpita, duplica, me muerde las venas-

Y vos sabés que yo no tengo más filos

para cortar el aura y las siluetas malsanas,

que me dispersan inmune entre los lobos/gusanos

que me presagian infatúa

entre dos piernas

y vos.



III

Mimético…


Porque yo me hago humo que sopla el llanto

y se transforma

en figuritas celestes de duendecillos

absurdos,

que te surcan el aire

cuando fumás de mi.



IV

Adagio…


Imposible fraccionar el sueño.

Y vamos danzando en cuadraturas perpetuas,

de contrastes inciertos en ciudades ajenas,

que celebran febriles su futuro borroso,

-reflejo de ojos, ilusos, ingenuos-

que habitan flotando la mancha/pared.



V

Eco…


¿Escuchás?


En la superficie del agua rebotan las voces,

y caen muertas, como gaviotas desnudas

al hondo abismo de una boca plural.


Y yo qué no sé describir los momentos

en que me vuelvo vaso inmaterial de sustancias,

que inflaman inquietas las luces del alba,

cuando me miran de lejos y me traen

distancias, que de vos y de mi,

hoy se han vuelto

a romper.


Malva


Hay un repique de perfiles dilatados:
pequeña huella de lustrosas golondrinas,
carnaval lúbrico de dedos enjaulados.

Al guiño el ojo no desnuda la ventana
y un múltiple sonido se dispara.
Cae el cielo dibujando nubarrones:
cortina de aire que nos llueve
en los resquicios,
gemidos tácitos, espejos pupilares,
jardín/costilla de una piel
bajo la carne.


()


Yo, lúgubre faz incandescente indefinida
de areola, ninfa u obsidiana neonata;
agreste espuma del mosaico enrojecido,
febril remanso de dos senos circulares.

Tú, en cruz de hojas y de sales cavernosas,
embrujo táctico de torres fulgurantes;
costado/abrigo del relámpago hasta el nácar,
susurro alado y litoral de perlas rotas.



()


(Antifaz, gaseoso, huracanado,
vértigo, semilla, útero, cabo… )


Porque caemos deduciendo los cristales,
-mineral, asbesto, pupa, cama-
crisálidas fundidas, dislocadas,
abajo en la humedad de trébol y agua;
paladar blanco de lactantes estallidos,
perláceo resplandor de nube y larva.

Porque surgimos abduciendo los contornos
-músculo, cobre, licor, manzana-
del centro secular de un mar o un cuerpo:
(parcela angosta de sudores amatistas)
al redoble de los pliegues divisores
de tu piel y de mi piel:

...cópula malva.


Réquiem


Huellas…

y ya no hay luz que ciegue el abismo,

y aquí, todos callamos, y callamos con Dios.



I.

Una imagen, dos sonrisas, una niña

y la sangre que no calla y nos profana el ojo:

refugio onírico de inmadurez traslucida,

de gota antigua que nos perfora el cráneo

y nos perdona o no.

Y a veces lloramos, y aquí nadie esconde

la cortina amarilla que le nubla inmóvil

la estreches del halito/murmullo rabioso,

del silencio que grita desde un grito al dolor.



II.

Sí, porque no hay gritos que despierten fantasmas

bajo la cama morosa, o el gato que duerme,

o la araña furiosa que no sabe aquel nombre,

que no canta y desploma sus fauces nacientes

bajo dos piernas sin carne, bajo dos labios sin luz.

O el brazo que gime lo que carga el naufragio:

los ojos, sus ojos, los tuyos, el árbol,

los dientes, las uñas, un golpe, tu frente,

-el cielo baldío- y todo empieza -la muerte-

y todo acaba entre las aguas y el sol.

Y tú no escuchas, porque abajo las campanas

tienen hilos rojos y goteantes de formas;

de esquelas valvas que nos gritan mil lenguas,

como cantares pálidos de yeso y de arroz.




III.

Pero aquí, nos guardamos el cincel en las huellas

que nos dibujan las piernas, pequeñas/inciertas,

bajo el temblor lechoso de dos miedos púbertos

a un adagio mestizo de lentejas y cal.

O en la espada lasciva, que nos guiña barroca

el orco menguante de la virgen menstruosa,

que nos adentra a su lecho, estéril de incestos

con demonios cobrizos entre ángeles muertos,

o de manos sangrantes en las sienes violadas,

sobre el mundo acuoso de este barco en la piel.




IV.

Porque no se puede decir No

y el Sí, derrama y abajo dispersa,

una llovizna sacra de sueños morbosos,

de vocecitas sutiles entre rostros desnudos,

de nombres de fechas, y una boca y tu frente,

-y el cielo baldío- y todo empieza -la muerte-

Y no hay oídos que cieguen abismos,

y no hay diluvios, y ya no hay mundo,

aquí, ya no.