sábado, 8 de septiembre de 2007

Malva


Hay un repique de perfiles dilatados:
pequeña huella de lustrosas golondrinas,
carnaval lúbrico de dedos enjaulados.

Al guiño el ojo no desnuda la ventana
y un múltiple sonido se dispara.
Cae el cielo dibujando nubarrones:
cortina de aire que nos llueve
en los resquicios,
gemidos tácitos, espejos pupilares,
jardín/costilla de una piel
bajo la carne.


()


Yo, lúgubre faz incandescente indefinida
de areola, ninfa u obsidiana neonata;
agreste espuma del mosaico enrojecido,
febril remanso de dos senos circulares.

Tú, en cruz de hojas y de sales cavernosas,
embrujo táctico de torres fulgurantes;
costado/abrigo del relámpago hasta el nácar,
susurro alado y litoral de perlas rotas.



()


(Antifaz, gaseoso, huracanado,
vértigo, semilla, útero, cabo… )


Porque caemos deduciendo los cristales,
-mineral, asbesto, pupa, cama-
crisálidas fundidas, dislocadas,
abajo en la humedad de trébol y agua;
paladar blanco de lactantes estallidos,
perláceo resplandor de nube y larva.

Porque surgimos abduciendo los contornos
-músculo, cobre, licor, manzana-
del centro secular de un mar o un cuerpo:
(parcela angosta de sudores amatistas)
al redoble de los pliegues divisores
de tu piel y de mi piel:

...cópula malva.


viernes, 11 de mayo de 2007

Inercia


Vamos a romper en agua los cristales,
la desnudez del verbo
que nos muerde las gotas,
en el sudor horizontal, su etérea vacuola,
diluvio yermo que mis ojos no lloran.

No se escucha, y nadie calla ahora
la fricción de las voces,
ni la inversión de las lenguas
al anticiclón que nos perfora el tímpano
mientras aclara;
y ya no hay más que latitud infinita
entre dos manos y un cuerpo,
y las hojas que caen
y los perros
que imploran.


(...)


Ninfas…

Porque yo sueño trópicos naranjas
en la intimidad de las voces
que nos despiertan
al paisaje cúbico de dos paredes
y un cielo,
tubular escala de marasmos
celestes, cirrus dormidos
que nos bañan tan hondo.

Y no se escucha,
porque ha nacido aquí un exilio
de partículas doradas y sonoras,
entre las fauces lubricas del tornado,
mudo cincel que nos acalla los dedos
como nudillo atroz de nubecitas insomnes,
o de ángeles sacros que nos refugian los huesos
al resonar catártico de un pecho
ya muerto.



(...)


Silencio…

Porque no cambia el fondo, ni las rosas,
ni las luces ni el agua,
ni el núcleo acuoso
entre la alquimia diminuta
que revienta en soles de noche,
mediodía o madrugadas,
al ave antártica que gira y sangra
sobre el árbol desnuda,
de roca en río hasta la inercia
disgregada,
de los siglos por los siglos
de la nada.

martes, 27 de marzo de 2007

Fiebre


Podría decir hoy, yo tantas cosas
mientras cierro los ojos,
y me pierdo.

Podría decirlas, si, quizá juntarlas,
y guardar un poco del crujir
entre las hojas…

pero no basta, porque hoy es tarde
y aquí adentro
el aire quema y se desgasta en desenfrenos
de campanas y de llantos no bebidos,
entre parpados unidos y fugaces.

Y hay un silencio, aquí, un hueco insomne,
una ola, una plegaria, una caricia,
que nos amolda tras las sábanas gastadas
mientras nos deja sus deidades
asesinas.

Y allá, afuera, nada queda,
más que el ladrar profuso
de los duendes enjaulados,
y una madre, un padre, una niña;
una puerta, un vaso largo,
algún dios muerto.

Y yo aquí, escondida, me diluyo
entre secretos de una muerte que me estalla
tras el pecho o bajo el roce de una roca,
y este temblor
que ya no es frío, ni es de hielo,
sino el estar y no, o algún saberme maldecida,
entre las suertes blandas/blancas de tu cama
y mi silencio en los espacios que respiran
y te devuelven de mis venas
hoy la sangre.

Y hace frío, si, y nadie llega,
y nadie acude a despertarme de las voces,
ni a tragar la sal que me navega
en ti las lluvias.

Y hace frío, si y es ausencia…

Y sólo tú, extraño verso de un adagio
que me observas desde lejos y me sueñas,
mientras mi seno late en mármol
a tu beso…

Sólo tú, desciendes y me salvas prisionera
del rugir de las entrañas perniciosas,
para vencer al hombre/perro/bestia
que me asfixia…

mientras yo, que no soy yo
me hago otra sombra,
y bebo el surco de tus ojos
que me envuelven,
como un delirio de espejismos
y distancias…

como una fiebre que alucina alto y fuerte,
como este tú y este yo,
o un hasta siempre…

como una gota,
que me rompe a mí en tus aguas.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Deshabitando olvidos


Ahora no hay más
de esa mirada que apresura.

Ni hay tampoco de esa brisa que hace notas.

Hoy se cuelan por el musgo los reflejos
y en las hojas
los sentidos de otro adiós.

Y nace un gesto
sobre el árbol mañanero,
un surco austero de palomas que golpean
el ala roja que desmaya en la razón.

Y bajo el árbol…
una sombra tiene rostro,
y seca el labio con un roce de nostalgias,
la piel se torna un óleo inerte
que no pinta,
el fósil dulce que proverbia el corazón.

()


Y ahora no,
no quedan más de aquellas gotas sobre el cuerpo…

no queda más de un vientre abierto
en dos ojales…
y el olvido se presenta como intruso
y se expande y me arrastra hasta su anchura
mientras huye herido en agua algún amor.

()

Mas yo que escondo la pupila
tras la puerta
y me ato de cabellos la mirada…

bebo entonces con la lluvia los sabores
y me adhiero al golpe brusco
sobre el pecho
de la cuna que cobija mi dolor.

Y rezo al ave que hace cultos tras la aurora
y pido al niño que da rezo a las orugas:

que el olvido no me borre las caricias…

que no me robe la humedad de los sonidos…

que no me guarde tras los años el calor.

Mientras me habito despoblada a las migajas
que trae el rayo de la luz tras la persiana,
que cierra el ojo mientras nace el nuevo sol.

Misa negra...


No te detengas…

sólo escucha como caen las gaviotas.

Avanza el paso desvirtuando las miradas,

traspasa el viento marginal

que duerme el beso.




¿Escuchas?

Los pies ansían llegar siempre a ningún lado.

Los niños guardan su pudor entre las piernas.

El perro lame las heridas que alimenta.



Y tú, descalza…

estás desnuda/tienes hambre…

tienes rabia

y una espina que se adentra hasta la entraña.



Las calles húmedas reflejan las farolas,

los autos fríos que desgarran la decencia.



No te detengas…

amárrate el rencor a los tobillos,

o hazte un nudo corredizo que resbale.



Allá a lo lejos, se divisa,
lo presiento…


una capilla donde velan nuestros miedos…

la traición viste de blanco,
el cielo es nuevo.



Hay silencio…

escucha,

¿lo has notado?


Las ancianas se perdonan los secretos,

se persignan con claveles en los dedos,

o se trenzan esperanzas en el sexo.


Rezan misas de carbón
a la dulzura…

y un rosario de amargura
a la inocencia.



O te absuelven, mientras clavan
junto al cristo…

aquel amor que baila muerto,

…y no despierta.

Aquí es distinto


Afuera las paredes vierten agua…

la flor esconde
su jardín entre los pasos

la tarde inspira
los espacios entre el cuerpo.


Adentro…
el techo precipita una caricia,
el niño pierde la ilusión desesperado,
la carne filtra la humedad
de los fantasmas.



Pero adentro… ¡ah!...
adentro de uno mismo, es otra cosa…


el pecho late, se desdobla y tiene miedo

¿alguien sabe, lo presiente o lo cuestiona?
se pregunta y se responde un mismo gesto
y no palpita, sino arde a golpe y trueno.



Adentro de uno mismo, si,


aquí es distinto…



adentro los demonios tienen alas,

y el aliento se dispara entre los senos.

Un secreto le habla al ojo,

otro lo amarra.


Y uno calla…

y otro escucha o distorsiona

una plegaria de jinetes en la luna,

aquella historia que entreteje alguna araña.



Y hay silencio…
no se rompe la rutina, ni se ignora…

sigue el pecho con dolores de aquel día,
sigue el ojo diluyendo las traiciones,
y el cuerpo viste como nunca un traje rosa.


Así, afuera, sigue el mundo tan friable,
tan voluble, tan inmenso, tan distante…


que afuera todos nos persiguen con malicia
o apuntan fuerte a esa herida que no sana,
y trepan alto los rincones que aún sangran…



Pero adentro…

¡
Ahh!...adentro escondo algo, lo aprisiono:

tengo un ave como pez en la mirada,

tengo un arma de marfil en palabra…

que aun yo muerta, no sabrá ser derrotada.