
Ahora no hay más
de esa mirada que apresura.
Ni hay tampoco de esa brisa que hace notas.
Hoy se cuelan por el musgo los reflejos
y en las hojas
los sentidos de otro adiós.
Y nace un gesto
sobre el árbol mañanero,
un surco austero de palomas que golpean
el ala roja que desmaya en la razón.
Y bajo el árbol…
una sombra tiene rostro,
y seca el labio con un roce de nostalgias,
la piel se torna un óleo inerte
que no pinta,
el fósil dulce que proverbia el corazón.
(…)
Y ahora no,
no quedan más de aquellas gotas sobre el cuerpo…
no queda más de un vientre abierto
en dos ojales…
y el olvido se presenta como intruso
y se expande y me arrastra hasta su anchura
mientras huye herido en agua algún amor.
(…)
Mas yo que escondo la pupila
tras la puerta
y me ato de cabellos la mirada…
bebo entonces con la lluvia los sabores
y me adhiero al golpe brusco
sobre el pecho
de la cuna que cobija mi dolor.
Y rezo al ave que hace cultos tras la aurora
y pido al niño que da rezo a las orugas:
que el olvido no me borre las caricias…
que no me robe la humedad de los sonidos…
que no me guarde tras los años el calor.
Mientras me habito despoblada a las migajas
que trae el rayo de la luz tras la persiana,
que cierra el ojo mientras nace el nuevo sol.

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